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Todos hemos sacado fotos durante las vacaciones, buenas malas, olvidables o entrañables, incluso veladas; no importa. El echo es que ya casi es un hábito. No hay como esa ansiosa sensación previa a retirar las
fotos reveladas del viaje, mezcla de intriga y de ansias de revivir y redescubrir lo pasado, además de permitirnos trasmitirlo a otros más fielmente.
La posibilidad de mostrar de forma aproximada lo que nuestros ojos vieron en algún momento, aunque limitado a un pequeño rectángulo del todo (es ahí precisamente, en ese particular fragmento de la realidad, donde entra el punto de vista personal de cada uno).
Suele brindarnos una aparente tranquilidad, el saber que tenemos atesorado en los límites de un negativo, aquellos momentos y lugares especiales; liberándonos en parte de la dependencia de nuestra perecedera memoria. La oportunidad latente de volverlos a transitar con sólo abrir un álbum, es tentadoramente gratificante.
Así empecé sacando fotos, mi abuelo me había prestado (esos prestamos especiales con sabor a regalo), una vieja Rollei 35. Con ella fui descubriendo por mi cuenta, la magia de la luz, el romance comenzó en un lejano viaje a la Patagonia, y todavía sigue.
A veces suelo confundir el término "sacar fotos", y me gusta imaginarlo como "robar fotos", creo que de alguna forma estamos quitándole pedacitos a la realidad. Pedacitos que casi como piezas de rompecabezas, buscan armar algo; es justamente eso, una busqueda.
Aunque recién tomé conciencia de que empezaba a gestarse en mí una inclinación a la fotografía durante mi viaje "sabático" por Europa. Buscando la forma de inmortalizar y rescatar del olvido, ciertos momentos mágicos. Una suerte de mojones en forma de fotograma de mi paso por esas tierras: una fuente renacentista goteando reflejos de sol en Florencia; la mirada traviesa de un pequeño, posando con un verdadero policía londinense; un velero abandonando el puerto de Helsinki e internándose en el Mar Báltico; o un atardecer infinito sobre la costa del Egeo...
Recuerdos que no sólo buscaba guardar (no en egosíta afán coleccionista) sino para poder compartirllos y, al mismo tiempo mostrar algo de mí: mi visión, mis sentimientos, mis gustos, mis anhelos, mi interior...
Desde ese momento hice un click y pude despegar a la fotografía de la acotada tarea de mero documento
viajero, para completar su espectro al de un viaje más extenso, que comenzó un día de marzo de 1975, mi vida...
Gonzalo
López Tarasido
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